Hay un hombre cuya vida está atravesada por conflictos, tanto internos como externos. Desde la infancia carga con heridas profundas: una historia de incomprensión, injusticias y dolor que ha moldeado su manera de mirar el mundo. Nunca ha conseguido sentirse verdaderamente en paz consigo mismo ni con su familia. Vive con la sensación de que algo esencial en su vida quedó roto hace mucho tiempo y de que arrastra un peso que nunca eligió.
Un día, al salir del trabajo tras un enfrentamiento con su jefe, sube al coche. En su cabeza siguen resonando las discusiones, el resentimiento y la tensión que también vive con su madre. Conducir se convierte en un gesto automático mientras su mente queda atrapada en ese torbellino de pensamientos. Entonces ocurre el accidente.
...
Cuando recupera la conciencia, descubre que está en un lugar blanco, silencioso y luminoso, un espacio sin límites ni referencias. Frente a él aparece una figura de luz.
—¿Qué ha pasado? —pregunta.
—Has tenido un accidente.
El hombre lo observa con desconcierto.
—¿Tú eres Dios?
—Sí.
—¿Estoy muerto?
—Todavía no del todo.
—¿Y qué sucede ahora?
—Aún no ha llegado tu hora. Volverás atrás y continuarás viviendo hasta el día en que te corresponda partir.
El hombre siente un profundo alivio.
Llora de felicidad.
Al cabo de un rato Dios le indica el camino de regreso al mundo terrenal.
El hombre está a punto de regresar cuando, de pronto, se detiene.
—Espera. Si realmente eres Dios, necesito decirte algo.
—Te escucho.
—Mi vida está llena de sufrimiento y injusticia. Lo que viví con mis padres, con mi familia, con mi infancia... no fue justo. No quiero esta vida.
Dios responde con serenidad.
—Si no quieres tu vida, puedes quedarte aquí. Pasarás al lugar que te corresponda y tu vida habrá terminado.
El hombre, asustado, niega con rapidez.
—No, espera. No me he explicado bien. No es que no quiera vivir. Lo que no quiero es vivir una vida así. Está llena de conflictos, de dolor y de injusticias. Tú eres Dios, eres todopoderoso. Podrías cambiar todo esto. Si eres justo, ¿cómo puede ser que mi vida haya tenido tanto sufrimiento e injusticias? Arréglalo, por favor.
Dios sonríe levemente.
—Ahora entiendo lo que quieres decir. No es que rechaces tu vida. Lo que rechazas es el precio que cuesta vivirla.
El hombre se queda mudo y baja la mirada.
—Es que es un precio demasiado doloroso...
—Sí. Ese es el precio de tu vida.
—Pero tú puedes cambiarlo, ¿verdad? Puedes hacer que cueste menos.
—Podría hacerlo. Pero ese es el precio de tu vida. La pregunta es muy sencilla: ¿la quieres o no la quieres?
—Me gustaría... que fuera sólo un poco menos...
Dios lo interrumpe.
—No hay negociación. El precio es este. Yo no regateo. Tu vida tiene este precio. ¿La quieres o no?
El hombre permanece en silencio.
—Si al menos pudiera ser...
—No. O aceptas el precio completo o renuncias a la vida y pasas al más allá. No existe una tercera opción.
El silencio se alarga.
Por primera vez, el hombre contempla su vida como un todo, inseparable de aquello que le ha costado.
Finalmente levanta la vista y dice:
—Acepto pagar este precio.
MP
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